Posteado por: Arianna Bañuelos | agosto 29, 2010

Eternidad: Atrevesando el muro del tiempo, sufrimiento y muerte

Siempre me he sentido extranjera. Mis primeros versos, escritos en el Prefacio de un libro olvidado comienzan así: “Voltear la cara, ver la hora con los días, no saber por qué o cómo nos afianzamos en la gente.  Ser ojos en la paja del extraño”. Y de inmediato, este anhelo de añoranza posterga y dispensa al principio de los tiempos; un lugar que da fecha a mi nacimiento: “Ojo viciado, ojo del mundo, tu letra siempre estaba en el principio, no en la cifra, en el agua que despierta un sueño dilatado” (…)

Es curioso pensar que aquel instinto buscador de hogar se ha postergado toda mi vida, pero hoy más que nunca, el principio del tiempo me ha parecido excesivo: el mundo es un lugar trillado, común y aburrido. La sensación de sentirme extranjera tiene un poco de relación con el anhelo y añoranza de otra Patria. Por mucho tiempo, pensé inútilmente que mi perdida juventud e identidad las recuperaría en la inocencia del Edén. Con esta intención, comencé una antología en mi  blog anterior (Voce D’ Angelo) que se titulaba: “fons et origo” (de regreso al origen). Mi corazón a punto del catarsis…

He mirado como en el centro de un compás, y a través de un vehículo que avanza y retrocede, pero siempre gira en círculos imperfectos. Llego a la conclusión que ahí, en el comienzo de los tiempos, no he encontrado nada que me procure con delicadeza inocente. Tristemente, la fecha de mi nacimiento declara el día de mi muerte. La búsqueda de algo casi incalculable se confunde con la nostalgia de un amor perdido, un recuerdo de la infancia, una nostalgia a la inocencia. “Todos debemos volver a la Creación”, gime un mundo perdido, porque fue en el Edén que perdimos nuestra inocencia. Pero la humanidad no comprende que esto es lo que añora. “Mi yo, y el grito de todos los hombres” está condenado. Todo es polvo, y todos regresaremos al polvo.

¿Qué cambio mi perspectiva y qué me abrió los ojos? Hace poco conocí las palabras de Joni Tada, una  parapléjica y artista admirable que escribió un libro acerca de la eternidad. Después de dos días postrados en mi cama, por infortunio de una alergia rarísima en la piel, escombré entre curiosidades y artefactos, buscando algún milagro de mi añorado corazón; hasta que la portada de un paisaje azul me sucumbió de curiosidad y exaltó mis ojos con fiereza: “El cielo, su verdadero hogar”.

No puedo decir con certeza por qué abrí aquellas páginas. Pero creo firmemente que hay momentos de la vida que llegan sin pedirlos. El comienzo de sus páginas me hizo derramar algunas lágrimas: “resulta extraño expresar agradecimiento a una silla de ruedas, pero lo hago”. Entre millones de sucesos accidentales, ella habría sido redimida, por aquellos que carecemos de entendimiento. Y eso, no tiene valor aquí en la tierra.

Cito textualmente las palabras que me ha devuelto la esperanza y han dado sentido a todo aquello que pensé perdido: “Nuestra juventud no se recupera en el Edén, porque Dios nos concibió antes que esto: antes de la fundación del mundo”. Sólo en el cielo- afirma la autora- el lugar de nacimiento de nuestra identidad descubriremos quiénes somos en realidad. Esto es, la eternidad. El camino, por fortuna nuestra, está por delante “al este del Edén”, atravesando el mundo del tiempo y de la historia, luchas sufrimiento y muerte.

La fe hace que las cosas invisibles se vuelvan reales y las cosas visibles no reales. De ahí que, el extranjerismo se vuelva natural cuando entendemos que hemos sido desplazados de nuestro verdadero hogar. La sensación de estar perdido como música lejana es común en todos los hombres: “Todos lo deseamos, pero no todos nos atrevemos a dar ese paso de fe que nos lleve a vivir una eternidad sin tiempo”. Decía Malcolm Muggeridge, un periodista británico que pasó la mayor parte de su vida luchando contra Dios: “he comprendido que el único y mayor desastre que puede acontecernos es llegar a sentirnos demasiado naturales en la tierra; mientras seamos extranjeros, no podremos olvidarnos de nuestra patria verdadera”.

Gracias a ello, y a aquellas personas que Dios ha utilizado en mi camino, por las cuales agradezco sus eventos desafortunados, que al igual que el mío, me han llevado al encuentro de la llave maestra que da sentido a toda mi añoranza,  miro la sensación de ser forastera con la armonía de un corazón que se interpone entre la paz y el bullicio de la tierra. Las personas sinceras estarán de acuerdo en lo que dice C. S Lewis: “el tiempo mismo es otro nombre que se le da a la muerte”. Estas palabras cobran mayor sentido al tratarse de un ex ateo que interrumpió el tiempo para encontrar sus verdaderos sueños. Las Crónicas de Narnia, serán quizás, la ficción de la “pantalla grande” dirigida al corazón de nuestras vidas,  la desilusión de este mundo frente a la esperanza de una nueva tierra que se aproxima con velocidad…

Cerrar silenciosamente una puerta que me sucumbe intelectualmente en la “materia gris”, renunciar al anhelo de inocencia y poner mis ojos en la Cruz; es el paso de fe más glorioso hacia la eternidad. Y ahora sí, como dice Joni Tada,

Para luego caer, porfavor, sobre rodillas agradecidos…la eternidad es nuestra.

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