Posteado por: Arianna Bañuelos | septiembre 3, 2010

Mi experiencia respecto a la curación de antiguos dolores

Por mucho tiempo, había estado consignada a la tarea de disfrutar de objetos otorgados en la persona.  Me causaba tanta conmoción el talento apenas imperecedero del alma. Lloraba tanto de un deleite embelesado a través de ojos que miran como destellos fugaces de inocencia. Todos tenemos algo de aquello que yo siempre deseé poseer: identidad primera, el verdadero hogar.

El éxtasis de mis besos –yo era un romántico implacable-,  hacían perderme en la noción del tiempo. Repentinamente otros me miraban, sin lograr descifrar aquello que ya había aprehendido de sí mismos: cualquier cosa, por efímera que fuese: “ojos, voz, ternura, tinta, olor, mirada”. A veces eran cánticos que yo admiraba. La bella mujer dormía y lentamente yo despertaba el anhelo inocente: tanto placer como caricias desdibujadas de lo etéreo.

Aprehender de la inocencia fue una experiencia maravillosa pero ingenua; mis romanticismos me condujeron a la búsqueda de un cuadro menos fragmentado, es decir, la perspectiva que encara la verdadera gloria del amante. En aquel mismo instante, la euforia se volvía tangible y el pobre corazón sucedía, desde lo hipnótico, hasta la corrupción de sus orígenes: “No vuelvas al Edén”.

Como sea que pudiésemos llamar a la inocencia, aquel brillo que vi, y cuya consigna me causó tropiezos enamoradizos una y otra vez, se ha vuelto un defecto de fábrica en mi mente; un breve roce, que al menos procura la búsqueda correcta: “la eternidad está escrita en el corazón de todos los hombres”. Aquel brillo resuena en otra vibración, se transforma en otra idea; la luz celestial.

He aprendido otra forma de mirar.   Mi corazón desea éxtasis; la misma producción que curaba aquel dolor, la voltaria de gloria, la gloria que será vista a través de ellos en la eternidad que apenas he acariciado inútilmente.  De cierta forma, las manos que tocaron aquel piano no eran manos, sino polvo. Y el verdadero cántico era un bellísimo ángel que decidió posarse en un cuerpo imperfecto.  De la misma forma que su aroma no era fragancia, sino el olor de su carne menos mortal.

Yo he deseado que aquellos pedazos de cielo, ingenuamente ridiculizados, se magnifiquen algún día. Mientras tanto, he de mirar con la lupa correcta: No en el anhelo, sino la esperanza. No en ellos, sino a través de ellos. Hay que enamorarse de la eternidad porque ésta nunca fue otorgada. Nosotros entramos a ella de forma inmerecida; de la misma forma que el cuerpo entró en la vida bruscamente y con tanta sutileza.

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Responses

  1. esta bien padrisimo … me encanta como escribes ari !


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