Posteado por: Arianna Bañuelos | noviembre 2, 2010

La presunción de la libertad y la verdadera libertad

Tengo en mi mente esta frase: “Cualquiera podría ser libre tan sólo con pronunciar estas palabras” . Un poco el recuerdo de aquel monólogo de la cruz parlante protagonizado por Apolonio Mondragón, un poco del entusiasmo acogedor que merece cualquier persona al cuestionar la consecuencia de sus actos.

“El hombre nace libre, pero…” ¿Podrá seguir siendo libre después de LA CAÍDA?

Después de dar cuenta de una existencia aterradora: el error, la estupidez, el pecado, la culpa, el ensimismamiento, la tristeza, la sombra, la duda; esos sentimientos que vienen una vez transportándonos al hecho de las cosas. Cuando uno está parado frente a ese helecho que no se inmuta, a ese pantano que no avanza, a esa rama que adorna, a esas miradas de peces y árboles que nos miran con Amor; la conciencia regresa, nos damos cuenta que caímos en un abismo y que de alguna forma la cagamos.

¿Qué sucede entonces con la libertad? ¿Podríamos regresar a ese estado natural de las cosas, ese paraíso que nos prometía el verdadero sentimiento de plenitud y goce espiritual? -¿Tan sólo con pronunciarlo? ¿Qué sucedería a futuro en la conciencia del hombre, sabiendo que la seguirá cagando, una y otra vez, y después regresará al mismo mar lleno de tristeza para redimir su decadencia,  su deterioro mental y  emocional?

Este suceder de las cosas se complementa con otra frase que leí hace poco en el sendero de la conciencia: “la naturaleza no engaña. Somos los seres humanos los que siempre nos engañamos”. De alguna forma, el engaño viene siendo una antítesis de la libertad; una caja donde se encierran los secretos más profundos y sentimientos con aire de culpa o vergüenza. Reconocerlo es cosa ardua. Hay hombres que caminan por los senderos de la vida como si no tuvieran cara, o su cara ya se hubiera transformado en un gran portafolio llamado burocracia y orgullo, seriedad: hombres serios: hombres perfumados: hombres importantes; mujeres con amplios dotes de cirugía; mujeres contaminadas y altivas; de nuevo mujeres importantes.

En el instante mismo que despertamos de un sueño tan profundo, tan engañoso como lo es la vida: llena de artilugios innecesarios, llenos de apariencias y costumbres pecaminosas, llena de miradas que nada se comparan con el roce de un delfín ¿has sentido la sensación de tus manos cuando son tocados por un ser divino? Comparadas con esas vibraciones que soltamos nosotros, contaminadas y cargadas de papelería, insultos, agravios, la vida nos parece un insulto.

Y lloramos. Así aprendemos a descifrar lo que quería decirnos el sol desde que nacimos: nuestras lágrimas cayendo y nuestro despertar es cada día más trágico.

Lloramos cuando nos bañamos con agua caliente de la regadera. Cuando queremos pronto irnos a dormir para no despertar a la rutina de papelería, que es ardua, que está contaminada.

Lloramos para mimetizarnos de nuevo en ese anhelo, en el sentido pleno de la palabra; a veces piedra, a veces gota de lluvia, y esos rayos de sol que se asoman detrás de unas sombras. ¿Pues qué no es la sombra el reflejo de lo que alguna vez fue la luz?

Si pudiéramos ser libres tan sólo con pronunciarlo…Otra cosa sucedería en ese mundo que es objeto material; y ya ni siquiera tendría caso posarnos frente a esos árboles maduros. La naturaleza puede ser libre tan sólo pronunciándolo, porque lo es, es libre. Nosotros no somos libres; claramente somos un contraste que se refleja en esas sombras. Y otra cosa viene de pronto…las lágrimas.

Llorar es reconocer, es perdonar. Podemos pronunciar las lágrimas, que son el perdón de aquella libertad que nosotros mismos nos robamos.

Hay hombres que quieren seguir con sus caras de papelería, y otros pocos que han probado los frutos de las piedras y quieren volver a ser humildes, con ese rostro de sencillez que nos coloca en un lugar de inferioridad frente a esas cosas naturales que son divinas, que nos colocan en una posición sumisa frente a Dios, que nos creó perfectamente, pero bajo conciencia propia decidimos engañarnos, tan sólo pronunciándolo, y más bien, ya por nuestra incapacidad, nunca pudimos volver a ser libres.

Siempre regresamos a llorar al río, porque ahí está nuestra transparencia.

Regresamos a llorar a la selva, y repetimos esta frase:

la naturaleza no engaña. Somos los seres humanos los que siempre nos engañamos”.

La divinidad no engaña. Pero el ser humano insiste en considerar a la presunción una regla de inmortalidad. ¿Somos inmortales?

La piedra lo es, el río lo es, pero nosotros cuerpos efímeros, somos polvo, polvo….

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: