Posteado por: Arianna Bañuelos | noviembre 11, 2010

Te odio sociedad



La declaración es una sentencia final de la RAE: antipatía y aversión.

Te odio sociedad. Me dirijo a ti, al mal en plural. Mentira que contiene el ingrediente mágico para que el ser humano salga disparado de un mapa. Hablo de la explosión, cuando se pone delante de la muerte, como un concepto callado, que tiene su cara de horrible, mediocre y singular. Patética es la sociedad.

Te odio  porque has despojado al hombre de su relación con el Verbo. Esa acción que ya ni siquiera es verbo, sino sujeto y dictador. Te odio porque has minimizado el Amor. Lo has reducido a un proceso automático, similar al proceso donde se fabrican niños, o donde se realiza el sexo. Proceso automático de hacer y deshacer.

Te odio antítesis del Amor. Casi puedo jurar que odiar es una metáfora, porque entre más odio a la sociedad, más reconozco al hombre. Cuando niego la cara patética, la máscara, la  costumbre, la ley, también niego el disfraz.

Detrás de todo aquello que vemos visiblemente se esconde el hombre.

Te odio porque alcanzaste la plenitud en mi época; alrededor de una edad mental que tenía que ver con lograr el progreso tecnológico, sociopolítico y económico. Ese anhelar inalcanzable similar a una caminata contenida en veinte mil leguas en viaje submarino, o el recorrido del mundo en 80 días y  la construcción de una torre de Babel, tan alta, que no tuviera techo, tan fuerte, que no hubiese podido sostenerse con ningún inventario, tan perfecta, que la única forma de limitarse, tenía que ver con formas incontenibles.

Sociedad, un esfuerzo de proyectos y prácticas con culturas inagotables; puentes entre seres humanos corrompidos; tejidos construidos por castillos en el aire. Los ideales que perseguía, lograrían una comunicación perfectamente incomunicada: libertad, igualdad, fraternidad. No es pleonasmo: ¿El progreso ha logrado su mejoría?

El discurso social no me interesa. La práctica de mis ensayos se traduce en lo cotidiano. El mal que ha logrado corroer al ser humano, transmitiéndole el mal desde el seno de su discordia: el corazón mismo del hombre. Pero no te odio hombre; en lo individual, te odio “patria maldita donde su corazón ha sido depositado”: sociedad maldita.

Te odio sociedad cuando te veo arañando la pocilga del ser humano. Te odio cuando te veo consumiendo, abarrotando, canibalizando, prostituyendo. Una palabra razonable. El hombre deseaba el progreso. El hombre anhelaba la figura estética. Soñaba con sus anuncios de Hollywood. Recreaba en su mente la felicidad de los inamovibles; la cúspide de un mar sin agua y un cuerpo sin cabeza.

Te odio sociedad porque eres la antítesis del hombre primitivo. Llamas civilizados a tus hombres de smoking que son “insuperables” cuando se trata de asuntos serios. El que-hacer de tu conocimiento ha inspirado a más hombres a la guerra, a la posesión, a la co-dependencia; una enfermedad de esa misma “nada” que tú sembraste tan divinamente en la mente de los seres humanos: “lo incalcanzable”.

Te odio sociedad porque eres un virus. El ser humano se contagia creyendo que de ti aprendería  la más interesante forma de inteligencia. Rebasada por cierto, por los millones de químicos que han alterado la naturaleza “primitiva”. Irónico, porque el hombre primitivo no necesitaba de esto. Más civilizada era su ignorancia. La sublime forma de lanzarse al vacío encontraba respuestas en la madre Naturaleza. Nunca supo cómo alterarla, porque nunca se creyó superior a ella.

Y de suerte, que el hombre encontraba respuestas y era libre. Pregúntale a los árboles que han vivido más de tres vidas. Pregúntale al agua, si anterior a esto, el  hombre no caía de rodillas y la consideraba sagrada.  Pregúntale al viento a qué huele la muerte ahora. Pregúntale a la “sociedad” que se cree muy sabia, y sabrás que para ella, el hombre primitivo es una mierda.

Te odio sociedad porque eres percibida por los seres humanos de manera positiva. Para ellos, eres coqueta, hermosa. Te codician con los ojos y se prostituyen (amo a esta palabra), parece que describe perfectamente lo que eres: “mierda”.  Eres una cazadora afortunada de hombres con alma. Ojalá fueras cazadora de robots, o de esas cosas que ni siquiera existen. Pero hambre, hambre hay que de ella te sacias.

Sociedad, yo amaba tus estándares. Deseaba ser ese espacio razonable donde la inteligencia llegaría a la “paz y seguridad” que tanto anhelaría el hombre. Sé que lo lograrías, por breve, enseñándole a tus lobos cómo se devoran con tu varita misteriosa. Yo sé a Quien escondes detrás de tus hilos de seda. Yo sé quién es la bestia. Yo sé cómo engañas con tu ley de atracción. Pero co-dependeer de tu magia es caer en tu miseria.

¿Sabías que un conjunto de destellos rápidos hacen la luz?

Haz click en el botón rápido para ver cómo se juntan los colores. Ahí nos veremos. Y caerás, por fin caerás.

De civilizada no tienes nada. Te detesto. Tienes muchas faltas de ortografía y una pésima caligrafía: no has sabido trazar la verdad que esculpe al verdadero hombre. No es pleonasmo. Existe un hombre verdadero detrás de de tus mentiras.

Se llama hombre, sin adjetivos.

 

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