Posteado por: Arianna Bañuelos | noviembre 15, 2010

Ciudad de México

Ya voy a cumplir un año desde que dejé el hogar (si así puedo llamarlo), donde viví cerca de 25 años de mi vida. Regresé brevemente a un asunto social de la familia. El viaje fue intenso y las emociones que encontré me sorprendieron.

1)      Calidad de vida. En primer lugar, me dio tristeza el contraste de los colores grisáceos y las pocas oportunidades que uno tiene para  sentarse a mirar el color del cielo, los árboles y la naturaleza. Tengo la fortuna de haber escapado del smog, del ruido y de la monotonía de aquello que llamábamos progreso. He visto las caras de la gente sometidas en una ardua dote de disciplina y materialismo que, de forma automática,  roban el privilegio de disfrutar de los placeres sencillos: una puesta de sol, un cielo estrellado, un olor a árbol, piedra, río. En teoría, el sueldo promedio de la ciudad está por encima del resto de la República,  a excepción de las grandes ciudades como Mty y Gdl; sin embargo, la calidad de vida disminuye, en la medida en que el tiempo de esparcimiento se reduce. En promedio, un ciudadano del DF pasará 5 años de su vida en el tráfico (…).  La falta de tiempo propicia también un cambio negativo en las formas de alimentación y bienestar físico.

 

2)      Sociedad. En específico, me sorprendió la apertura social hacia las nuevas leyes de matrimonio homosexual; distinto a lo que yo pensaba, la legalidad ha propiciado mayor tolerancia en las familias mexicanas.  Jamás pensé que en la estética a la que asistí, podríamos hablar libremente de nuestras preferencias sexuales  (el estilista y yo),  frente a una mamá con niños menores. Que sea la ciudad de México la pionera de esta propuesta, empuja a los ciudadanos al respeto. Aunque, tengo mis dudas en la práctica de sus costumbres; por ejemplo, lugares públicos e instituciones. México sigue siendo el 2ndo país con mayor tasa de criminalidad homofóbica. Esto es grave y falta mucho por hacer, mucho que aprender. Ni siquiera sé qué postura es la correcta. No sé si avanzamos o retrocedemos…

 

3) Nostalgia. El olor de la ciudad me recordó a Coyoacán, Zona Rosa y Condesa: los puntos de reunión donde pasé la mayor parte del tiempo con mis amigos. Me acordé que tomaba mucho y en exceso. Hubiera deseado tener una  vida abstemia, como la tengo el día de hoy  para disfrutar los detalles de la vida. Hice de las formas nocturnas una costumbre cotidiana y me pedí de muchas cosas. Aunque también, me acordé de la gente que veía de forma repetida por las noches. Extrañé la cultura gay como un hogar del exilio. Extrañé salir de aquellos lugares a las 5 de la mañana con hambre y todas las energías gastadas. Extrañé los trayectos Club de Golf- Av. Universidad que recorría a diario, así por tres años, para ver a mi princesa, que me esperaba con muchos besos y abrazos. Recordé cuando íbamos a ver buenas películas a la Cineteca y nos costaba $15 la entrada con descuento de estudiante. Recordé que ella amaba abrir el quemacocos del carro y le subía el volumen a la música electrónica (sonidos que ahora suelo escuchar con poca frecuencia). Extrañé tener a alguien a mi lado, sobre todo cuando desperté en mi cuarto y vi las cartas de personas que amé: una rana de piñata con halls sin azúcar para la hipoglucemia, Andrecito con sus ojos brillosos y pies largos, la declaración de amor Galla-Gallita, las medallas de Soccer-City,  la coneja que llegó un día de mariachi, el osito azul Cariñosito de mi roomie, (tantas cosas…)

4)      Madurez. Es tan poco lo que he vivido. El contraste de dos vidas me da la tranquilidad de saber que todo es un rompecabezas con piezas perfectamente diseñadas. La ciudad de México es un dolor que tengo muy arraigado por la nube de miedos que me rodearon: rechazo, fracaso, ruptura, culpa. Estos sentimientos me privaron del verdadero disfrute en mis relaciones personales: llámese amigos, familia, pareja. Me hubiera gustado pasar más tiempo con ellos (no tiempo malgastado, sino tiempo valioso). Hubiera deseado dar más del Amor que ahora me renueva y me pule, como virtud perfecta, para darles a las personas que me amaron y amé, una semilla sembrada en terreno fértil. Aún así, me siento agradecida, porque los frutos que ellos sembraron en mí, ahora se reditúan en la persona que estoy comenzando a ser. Parte de este proceso, (más bien, fundamental en este camino), ha sido la voluntad de Dios en mi vida. Los ojos que poseo se bifurcan con el dolor que he visto y que ahora rechazo, con la ola de miedo que me siguió toda mi vida, y no deseo en la vida de nadie.

 

5) Iglesia. Uno de mis grandes aprendizajes tiene que ver con el concepto de Dios implantado en mi niñez. Tengo la fortuna de haber escapado de un juicio que casi me destruye: la Iglesia. La diferencia con mi vida ahora, es que veo con buenos ojos, lo que Dios es, en la vida práctica. Enseñándonos con Amor y Paciencia, lo que él ha deseado con cada uno de nuestros cuerpos: un servicio que no requiere sacrificios, dolor o culpa. Agradezco que una de las grandes virtudes que aprendí de Jesús, y rechacé de la Iglesia, sea la tolerancia, un concepto que tiene que ver con Amar a las personas “sin condiciones”. Dios es Universal; y sobre todo, Dios es Verbo, acción: vida.

6)      Agradecimiento. Amo a mis padres y les doy gracias, porque debido a sus errores y circunstancias, Dios me ha hecho más fuerte. Gracias al tiempo, porque lo restaura todo. Les deseo una vida de paz. Ahora, regreso a mi verdadero Hogar. Me gusta la ciudad por su cultura, pero no cambiaría el sonido y el color del mar…

 

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