Posteado por: Arianna Bañuelos | diciembre 26, 2010

Vi lo que fue la vida

Porque tuve abiertos los ojos, y porque no me faltó nada, desde aquella vez que escapó el velo, cual ave despierta, espontáneamente, trazando su camino de regreso. Y pude devolver un favor, aunque en realidad fuese el fervor que abrió las puertas del cielo; inédito e inmerecido,  regalo glorioso.

¿Qué vi cuando vi? Abiertos de par en par los brazos, estimulando las manos para ofrecer toda la ayuda y ánimo que concedió el cuerpo, no sólo a sentir, sino a mirar, por primera vez el alma de un hombre.

¿Qué pasó cuando tuve la mano abierta para ofrecer toda la ayuda? Algo esencialmente bueno cuando tuve el tiempo para reconocer a la persona. Y no fui sólo una noche, cuando la noche estaba obscura y ellos apenas podían mirarme.

Más allá de mi vida, común o inmunda, resultado de la persecusión solitaria; más allá de mis labios, contagiosos o filosos cuchillos, que a veces hirieron y a otras veces salpicaron veneno.

Más allá de mi cuerpo, que fue pobreza, porque yació atado a los propietarios originales y otros títulos mobiliarios…como si la culpa fuera objeto de la aprehensión de los hombres, por alguna razón que desconozco;  la utilería siguió atada a la tierra: “sermones atribuídos a méritos”, mácaras reflejadas en el goce de las pasiones terrenales: la gloriosa sangre y esa idolatría mortal.

Más allá del tiempo que se contó en minutos, similar a las reuniones de un funeral, devolviendo favor por favor, obligadamente, para rendir tributo al Sr. Presidente, Sr. SuperMan, Sr. Letrado. Y después pretender nuestro regocijo a medias, bajo aquella luz artificial.

Lo que se llamó la verdadera Luz, más allá de mi vida, se alejó de mi inclinación natural de recogerse a sí misma, alabándose para un época en la que el sembradío estaba a punto de declarar la guerra. Y me bastó, por muy poco que parezca, entregar mi cuerpo a la leña, simbólicamente, aunque Alguien más lo hubiese hecho por mí. Bastó con reconocer la nitidez de su llama, cuya inclinación natural enciende la PERFECCIÓN; y cuya altura, más allá de mis hombros es eterna, más allá de mi cuerpo, se prolonga, antecede, procede.

Más allá de mi cuerpo es un caudal. Más allá de mis ojos es un río de vida, que se extiende, todavía, para alzanzar la brecha ancestral del prejuicio de los hombres…

Para ver, con estos ojos mortales, al verdadero hombre.

Y sentir, más allá de mi cuerpo, la compasión de un corazón mancillado, que corretea patios llenos de lágrimas y busca valijas de material corroído, con tanta sed de angustia, con tanto pánico y sed de hombre, deambulando las noches a ciegas, sin esperanza.

Hasta que aquella Luz se cruza en su camino, y aquel viejo trapo reconoce sus ojos renovados.

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